Insuficientemente valorada y, quizá por eso,
insuficientemente desarrolla la “Comunicación Comunitaria” o “alternativa” vive
en un estado de marginación permanente del que debe salir pronto porque es un
factor del desarrollo social indispensable e injustamente castigado por propios
y extraños. La palabra Comunicación significa, también, construir comunidad. Es
mejor impulsar medios de Comunicación Comunitaria – nacidos de las luchas
sociales- que crear medios para ver luego si producen luchas.
Están dadas las
condiciones para debatir sobre la “Comunicación Comunitaria” y discutir sus
modalidades en sociedades divididas en clases. Discutir los criterios de
evaluación y los objetivos en la dialéctica del proceso emancipador. Estudiar
el papel y los vicios de los usuarios frente al papel y los vicios de los
medios. Poner a debate abierto si la Comunicación Comunitaria es, por ejemplo,
por definición “aburrida”, quién lo dice, por qué, respecto a qué. Están dadas,
pues, las condiciones para hurgar a profundidad los dilemas y los proyecta más
urgentes: presupuestos, formación, tecnología, ideología… el fetichismo de los
mass media y su importancia objetiva en la construcción de la Comunidad.
Eso que llamamos
hasta hoy “Comunicación Comunitaria” (en la teoría y en la práctica) es de suyo
una expresión que muestra el grado del desarrollo organizacional de un grupo,
sea cual fuere su tamaño. Expresa el grado de autoconciencia de la organización
y la comprensión de su papel histórico concreto en las condiciones históricas y
concretas en donde actúa. Es en suma expresión del grado de conciencia con que
un grupo comprende la lucha, sus luchas.
La lucha de
clases no es un juego de naipes entre “Dios” y el “Diablo”, es el ascenso
emancipador, el motor de la historia, de millones de personas en contra de una
minoría que, armada con leyes, costumbres, instituciones y balaceras, conspira para
adueñarse de los recursos naturales, la mano de obra y la conciencia de los
trabajadores. En ese escenario la Comunicación Comunitaria ha ganado a pulso
una vanguardia refrescante, apasionante y mundial que, no sin contradicciones y
debates muy diversos, se expresa objetivamente en la tarea cotidiana de
construir comunidad de abajo hacia arriba, con los mass media. La comunicación
comunitaria encierra una complejidad y amplitud en tiempo y dimensión temática
que es posible analizar, debatir y quizá acordar, sólo en clave de lucha. Eso
marca la diferencia.
Los trabajadores
y luchadores sociales especializados en Comunicación Comunitaria ya poseen una
agenda riquísima en problemas, proyectos y matices. Pero esa agenda es
necesario desarrollarla y perfeccionarla permanentemente para que marque una
bisagra teórico-metodológica estratégica por los temas que invoca, el lugar
desde donde se invocan. La Comunicación Comunitaria está llamada a ofrecerse un
diagnóstico exigente y crudo sobre los escenarios, nacionales e
internacionales, en que se lucha palmo a palmo. Eso implica el panorama actual
de la concentración mass media, monopólico-burguesa, el estado actual de la
alienación sus alcances y sus daños, las consecuencias ideológicas de la
estética dominante en los mass media y, necesariamente, las tesis transicionales
para confrontar y superar el modelo colonialista de producción comunicacional
hacia un programa internacionalista.
La Comunicación
Comunitaria está, también, llamada a reconocer sus responsabilidades
teórico-políticas, sus alcances y sus limitaciones, para establecer con
precisión, (y justicia), qué producción concreta se espera de ella y qué se
propone ofrecer rumbo a un seguimiento sistemático y científico de las luchas
en que se desenvuelva. Eso nos hace mucha falta en toda Latinoamérica, la
Comunicación Comunitaria -o alternativa- debe ser consciente del estado
generalizado de inanición teórica y derechización ideológica a que son
sometidos todos los espacios de trabajo y estudio en la mayoría de los países y
debe ser consciente de la jerarquía que puede alcanzar su desarrollo en las
expectativas de quienes por un modelo transicional que seamos capaces de
impulsar con las fuerzas de las bases, dispuestas a producir una revolución
también simbólica, deberá caminar las rutas de la autocrítica permanente,
deberá romper con todo peligro de sectarismo y de burocratismo, deberá prever
los peligros del dogmatismo y los “ultrismos” endemoniados.
Nuestra
Comunicación Comunitaria no puede contentarse sólo de encontrar modos
efectistas de “resistir” a la información y a la cultura mercantil. No debe
contentarse con reformismos en los imaginarios sociales. Porque no se trata
sólo de someter a “debate democrático” nuestras exigencias de lo que se trata
es de delinear un programa de transición en acción directa capaz de incluir la
democratización de las herramientas de producción en Comunicación, su cambio
estructural definitivo, y la transformar las relaciones de producción hacia un
modo liberado de las ataduras, las manías y los estereotipos impuestos por la
ética y la estética dominantes. Asegurarnos que somos capaces de impulsar y
conseguir esa transformación, asegurarnos de que nos capacitamos exigentemente
con los mejores programas teóricos y prácticos en consenso con las necesidades
de luchas sociales, los movimientos sociales de base, las organizaciones
campesinas y obreras.
No hay
Comunicación Comunitaria sin conciencia de la lucha, asegurémonos de no incubar
ilusiones y errores en ínsulas o sectas que se auto-proclamen “voz de los pueblos”
mientras todo sigue sometido a los designios y calamidades del colonialismo
oligarca. De esas experiencias hemos tenido bastante. Por eso la lucha contra
los aparatos y la concentración de medios de comunicación, no puede ser obra de
“iluminados” ni de “Mesías”, ni de caudillos… es preciso insistir en la
intervención del pueblo trabajador que haya comprendido la necesidad de
transformar la realidad ayudándose, incluso, con los medios comunitarios.
No hay
Comunicación Comunitaria si se quiere reducir la lucha a episodios académicos
“escolásticos”. Es odioso, hasta el hartazgo, el discurso de los “cultos” que
se atribuyen, desde algunas trincheras universitarias, la propiedad conceptual
de la Comunicación Comunitaria y creen que todo lo que los pueblos construyen
revolucionariamente tendrá valor sólo si se parece a lo que los “ilustrados”
tienen en mente. No se puede dar la espalda a la teoría, a la ciencia ni a la
vida académica, siempre y cuando sean trabajo honesto apegado a la lucha de los
pueblos. Por eso hay que impulsar la investigación científica cuya seriedad,
calidad y utilidad estén garantizadas por el consenso y las necesidades
colectivas. Es de necesidad absoluta una metodología de la Comunicación
Comunitaria, contundente y consistente que insista en la urgencia de desarrollo
científico que camine hombro a hombro con el con las luchas de los pueblos que
recorren el mundo.
Y sobre todo no
hay Comunicación Comunitaria si no supone e incluye una revolución simbólica
profunda. La producción de los paradigmas simbólicos nuevos desde las bases de
las comunidades necesitan una semiótica de combate. No repitamos el discurso
del patrón. De nada servirá esforzarse en luchar y triunfar si la Comunidad no
lucha también por el nacimiento o desarrollo de repertorios expresivos y
comunicacionales verdaderamente libres, liberadores y revolucionarios
permanentemente. Es indispensable el debate sobre el problema estético de la
Comunicación Comunitaria. Es indispensable el análisis, el debate y la propuesta
hacia formas de experimentación sistemática y participativa, capaces de
identificar los resortes expresivos que activan las potencias creativas donde
se sustentan placeres nuevos, amores nuevos, sentimientos renovados. Es preciso
un debate permanente sobre la economía política de las emociones
revolucionarias, el papel de los artistas de todas las disciplinas, el lugar de
la creatividad como herramienta de la transformación y, desde luego, el ascenso
de nuevas escuelas expresivas para los medios de comunicación comunitarios. Es
una tarea compleja, nada sencilla, de aliento largo y compromiso sistemático.
Hay herencias extraordinarias en ese campo.
No hay
posibilidad de la Comunicación Comunitaria sin autocrítica permanente.
Autocrítica programática, dialéctica, fértil, respetuosa y alegre. Autocrítica
sin auto-complacencias, sin auto-engaños, sin transferencia de culpas. La
Comunicación evaluada constantemente por todos los interlocutores, que requiere
medición y capacidad de corrección inmediata. Se trata de un ejercicio y
compromiso inalienable con el desarrollo de las formas de comunicación
comunitaria. Se trata de darse la posibilidad de corregir expectativas falsas y
ratificar aciertos. No habrá salto cualitativo y cuantitativo en la Comunicación
si no se es capaz de fijar medidas dinámicas referenciales y multifactoriales
con la participación abierta y sistematizada de los sujetos de la comunicación
revolucionaria. Evaluación de cabo a rabo, de las ideas a las formas, de los
géneros a los números, de los dineros a los placeres… evaluación científica,
accesible y permanente.
Al considerar que
aun no tenemos soberanía de agendas, es decir que no logramos dar lugar
predominante a nuestros temas primordiales; al considerar que, en materia de
tecnologías para la comunicación y la información, somos compradores
dependientes y transferimos millonadas, anualmente, para adquirir sus
“máquinas; al considerar que en materia jurídica, pese a los avances relativos
en algunos países, prima la anarquía, los vacíos legales, la impunidad y la
falta de instituciones de gestión, control y defensa efectivos; al considerar
que somos aun muy vulnerables políticamente debido a los efectos perniciosos de
las guerras psicológicas con que nos atacan, permanentemente, las oligarquías;
y al considerar, por último, que ni en materia de enseñanza ni en materia de
investigación ni en materia de creatividad hemos dado el salto de calidad y de
cantidad que nos demanda la realidad… no es mucho decir que nuestro atraso en
materia de comunicación (que ya el Informe MacBride de 1980 denunciaba),
paradójicamente en un mundo de muchos “avances” al respecto, es de, por lo
menos, 70 años.
Más paradójico es
nuestro rezago si contrastamos nuestras fuerzas y nuestras necesidades comunicacionales
y sacamos cuentas sobre la cantidad de oportunidades que hemos desperdiciado.
En primer lugar somos la mayoría, la inmensa mayoría. Los pueblos, hartos de
manipulación mediática, que han sido víctimas de todo tipo de atrocidades,
golpes de estado y magnicidios perpetrados también con armas de guerra
ideológica burguesa, son una mayoría abrumadora ansiosa de emanciparse del
cáncer mediático oligarca. En segundo lugar contamos con, al menos, cuatro
generaciones de trabajadores de la comunicación que, en disciplinas diversas,
han ganado experiencia y talento como para soportar el peso de una gran
Revolución Comunicacional Emancipadora… pero nos falta el programa de unidad.
En tercer lugar contamos con un clima creciente de claridad política que nos
permite identificar, como nunca antes en el escenario de la lucha de clases, el
peligro enorme que representa quedarnos desarticulados frente a la amenaza
desbordada que el capitalismo significa en plena crisis depredadora y con sus
usinas mediáticas activadas día y noche.
Tenemos en los
escenarios de la Comunicación Comunitaria el reto de desactivar todas las
operaciones enajenantes y sustituir la falsa conciencia burguesa con las
mejores ideas emancipadoras. De cabo arabo, en todos los sentidos, artífices de
una creatividad sin precedentes y de un humor inteligente y luminoso. Tenemos
la obligación de ser mejores, armados con las mejores ideas, expresadas de la
mejor manera, en el momento oportuno y en todo lugar, gracias a las fortalezas
que dan la moral de lucha revolucionaria, la solvencia (profesional y
operativa) más avanzada y una columna vertebral ético-política capaz de
ajustarse a todas los necesidades de una lucha que es muy compleja y es
permanente. ¿Estamos listos?
Es tarea, entre muchas,
luchar contra los modos y los medios hegemónicos fabricantes de imaginarios e
imágenes alienantes. Es tarea del Comunicación Comunitaria transformar el
régimen de propiedad de las herramientas de producción para afianzar el control
comunitario. Es tarea de la Comunicación Comunitaria luchar contra las
herencias y los vicios ideológicos. Es tarea de una Comunicación Comunitaria
abrir todos los espacios, a todas horas, con todas las modalidades, habidas y
por haber, para que se ponga en primer lugar el pensamiento y la acción
emancipadora que han sido postergados y silenciados incontablemente. Es tarea
de la Comunicación Comunitaria impulsarse científicamente para transformar el
pensamiento sobre las maneras informar e informarse, educar y educarse, pensar
y pensarse… ayudados por las herramientas emancipadas política, semántica,
ética y estéticamente. Es difícil hacer otra Comunicación Comunitaria que sea
prueba y ejemplo mundial. Falta mucho por hacer y van bien, no sin
contradicciones y tropiezos. América Latina necesita de la Comunicación
Comunitaria y la necesita cumpliendo sus proyectos mejores… y la necesita
aprendiendo de sus errores en la dialéctica magnífica de “inventar o errar”.
La Comunicación
Comunitaria debe ganar autoridad moral internacional con frutos promisorios,
con los corazones conectados a las razones. Porque ha hecho florecer una
experiencia distinta que se agradece enormemente por transformarse a sí misma
permanentemente en los hechos, porque esparce su polen magnífico y preña de
futuro todo cuanto nos falta aprender, y hacer. Es un avance en todos, un
avance y una vanguardia crecida en las bocas de las luchas sociales, en los
ojos, en los oídos y en los sueños de los pueblos en lucha. Es un triunfo de
una lucha más grande grande, verdadera, que pega un salto cualitativo, que gana
tiempo y que no repara en esfuerzos. Lo que debemos construir, nacida de las
luchas, es una Comunicación Comunitaria para llenar con su poesía de praxis, a
todas horas, el trabajo feliz y fresco, que va hacia la transformación del
mundo, permanente. La alegría de la lucha. Una Comunicación Comunitaria, pues,
como la gente.
Fernando Buen Abad
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